Olavide en Lima[editar]
Tras el
terremoto de
28 de octubre de
1746, que destruyó
Lima y fue la causa de la muerte de su familia, fue nombrado por el propio virrey
Manso de Velasco administrador de los bienes de los fallecidos, especialmente de las obras pías venidas al suelo por el seísmo; fue acusado de haber tomado dinero para obra impía, como la construcción del Teatro. Se fugó a España dejando cuantiosas deudas, Olavide argumentó la muerte de su padre para evitarse problemas con la justicia.
Llegada a España[editar]
Llega a España en
1752, e inmediatamente ingresa en la
Orden de Santiago, pero la fortuna no le es propicia y se le ordena encarcelar en
1754 por orden del
fiscal de Lima por la corrupción de la administración colonial. Estuvo en libertad provisional hasta el archivo de la causa en
1757 tras ser apartado de todas sus responsabilidades públicas en las colonias. En el ínterin, se casó en
1755 con una viuda rica, Isabel de los Ríos y visitó Italia, pero sobre todo estuvo en Francia ocho años y se introdujo en los más selectos salones de la época haciendo amistad con
Voltaire(quien le llamó «
el español que sabe pensar») y
Diderot, deviniendo en un ferviente y perfecto
afrancesado. Al volver a España, funda una cultísima
tertulia ilustrada en su casa, a la manera de los salones franceses. Un amigo y confidente importante era oriundo de
Quito, don
Miguel de Gijón y León (1717—1794).
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En
1768 la
Inquisición española comienza a seguir la pista de Olavide por un envío de libros prohibidos proveniente de Francia. A través de
Campomanes, al que conoce en
1762, el
Conde de Aranda le incorpora a tareas en el gobierno, en
1766. Su reconocimiento en la
España ilustrada de la época le llevan al ayuntamiento de
Madrid en
1767. Como en
1765 se vieron prohibidos los autos sacramentales y el gobierno quería reformar el teatro y depurar la escena en sentido neoclásico, Olavide colaboró traduciendo y adaptando obras neoclásicas francesas que, sin embargo, iban destinadas a un público selecto en los Sitios Reales y no llegaba al pueblo.
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Monta una
tertulia y teatrillo en su domicilio donde se representan obras traducidas por sus amigos y traduce él mismo obras francesas para satisfacer la demanda de los petimetres:
Ninette à la Cour, de Duni, y
Le peintre amoureux de son modèle, de
André Grétry. Pero su mayor contribución a este repertorio está formada por
tragedias francesas:
Mithridate y
Phèdre, de
Jean Racine;
Le joueur, de
Jean François Regnard;
Hypermenestra (representada en 1764) y
Lina, de
Antoine Marin Lemierre;
Zelmire, de
Dormont du Belloy (representada en el Teatro del Príncipe en 1785);
Olympie,
Zayre y
Mérope, de Voltaire (esta última por la traducción italiana de Maffei), y
Le déserteur, de
Michel Jean Sedaine, entre otros. Especial devoción tuvo por Racine y Voltaire; éste último fue sin duda el autor francés más traducido por Olavide, a quien conocía personalmente.
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Los cuatro reinos de Andalucía y las Nuevas Poblaciones de Andalucía y Sierra Morena, en verde claro
Condena por la Inquisición y exilio[editar]
Sin embargo, toda esta empresa quebró al aparecer la
Inquisición española con quien tenía cuentas pendientes. En
1775 se le abrió
proceso inquisitorial por haber sostenido ciento veintiséis proposiciones heréticas entre las cuales dice un biógrafo que «había muchas exactas si bien otras eran impertinentes, tales como haber defendido el sistema de Copérnico y haber prohibido en las colonias que se tocasen las campanas a muerto, para que no se abatiese el ánimo de los pobladores que diariamente diezmaban la peste». Ingresa en prisión a fines de
1776 y se señala para ver la causa de Olavide el día
24 de noviembre de
1778.
Olavide fue acusado por sus delatores, según Emilio La Parra y María Ángeles Casado, "de cuestionar la potestad legislativa de la Iglesia, leer libros prohibidos, negar la causa sobrenatural de los milagros, dudar sobre la existencia del infierno, etc.". La Inquisición lo declaró "
convicto, hereje, infame y miembro podrido de la religión" y lo condenó a la pena de
destierro, a la reclusión por ocho años en un convento, la
confiscación de sus bienes y a la in
habilitación para desempeñar un cargo público, que se extendió a sus descendientes. La sentencia y la condena fue dada a conocer en un
autillo, un tipo de
auto de fe de la
Inquisición española que tenía lugar en los locales de la Inquisición y al que sólo asistían personas expresamente convocadas por el tribunal, la mayoría de las veces "
para que escarmentaran en cabeza ajena lo que pudiesen temer igual suerte", según
Joaquín Lorenzo Villanueva, buen conocedor de la Inquisición en aquella época. Se celebró en la sala de la Inquisición de Corte de Madrid y fueron invitadas 40 personas destacadas, muchas ellas miembros de los
Consejos de la Monarquía, aristócratas y clérigos. El autillo de Olavide fue probablemente el de mayor repercusión pública en la historia de la Inquisición tanto en España como en el resto de Europa, lo que contribuyó a desprestigiar a la insstitución, ya que coincidió en el tiempo con el último auto de fe general celebrado en España. Tuvo lugar en Sevilla en 1781 y en el mismo una mujer fue condenada a muerte por fingir revelaciones divinas y de mantener relaciones sexuales con sus sucesivos confesores (uno de los cuales fue quien la delató, por lo que fue condenado por el delito de
solicitación). Terminado el auto de fe fue
relajada al
brazo secular y luego estrangulada con
garrote vil y quemada en la hoguera.
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Algunos historiadores han señalado que Olavide fue procesado porque el rey
Carlos III lo permitió. La razón, según José Luis Gómez Urdáñez —citado por La Parra y Casado—, fue que el rey quiso dar un aviso a los "heterodoxos" de que las innovaciones tenían límites así como cierta libertad de costumbres.
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Levantada la excomunión por el inquisidor decano después de que hubo firmado la
protestación de fe, durante la reclusión en el convento no podía leer más libros que el
Símbolo de la fe, de
Luis de Granada (quien curiosamente también tuvo problemas con la Inquisición) y
El incrédulo sin excusa del padre Señeri. Estuvo dos años en reclusiones conventuales en diversos lugares de España, hasta que el inquisidor general
Felipe Bertrán le concedió permiso para salir a tomar baños, ocasión que Olavide aprovechó para huir de
Caldas en
Gerona a Francia.
En Francia sus amigos
Voltaire y
Diderot lo acogerán. Vive entre
Toulouse,
Ginebra y
París, ocultando su verdadera identidad para evitar su extradición, bajo el nombre de Conde de Pilos. Frecuenta amigos de la nobleza ilustrada y de autores notables como los citados enciclopedistas, pero también
D’Alembert,
Condorcet,
Marmontel. Vive con fasto, pues goza de holgada situación económica gracias a la fortuna de su esposa y algunos prósperos negocios que, le permiten alternar con influyentes aristócratas. Da muestras de su afición a la lectura, a la tertulia intelectual y al juego de cartas, frecuentando los salones del Conde Dufort de Cheverny, del señor de Moley y de
Madame du Barry, la ex-amante de
Luis XV. Una aureola de pensador y hombre culto e ingenioso lo hace atractivo, al punto que se interesan por él
Catalina II de Rusia, artistas y sabios como el explorador
La Pérouse y Francisco
Mesmer, el autor de la teoría del magnetismo animal y de otros hallazgos de gran resonancia en su época. Olavide participa de sus experimentos en el castillo de Cheverny, centro de reunión de aristócratas "realistas". También organiza representaciones de marionetas, de pequeñas piezas teatrales al estilo italiano y adaptaciones de obras célebres como
El mágico prodigioso de
Pedro Calderón de la Barca. Alterna esas tertulias con visitas al castillo de la Malmaison, adquirido por el conde de Moley, donde se reúnen aristócratas de otro sector, los "patriotas", esto es, reformistas, donde pudo alternar con el famoso abate Delille y el norteamericano Morris.
Asiste con curiosidad y algún entusiasmo a los primeros pasos de la Revolución francesa, pero reprueba la violencia y la ejecución de los reyes le hace pensar. La Convención le confirió varios cargos y le dio el título de
ciudadano adoptivo de la república francesa. Durante el Terror se retiró a un pueblo llamado Meung, y el
Comité de Salvación Pública dispuso su prisión, y fue conducido la noche del
16 de abril de
1794 a la cárcel de Orleans. Allí comenzó a madurar la obra que se publicó en
Valencia en
1797 titulada
El Evangelio en triunfo, una rectificación de sus ideas compuesta al parecer para poder volver a España. En
1795 se traslada de Meung al castillo de Cheverny, donde reside hasta
1798. Serán estos años de creación más intensos. Escribe entonces los cuatro volúmenes de
El Evangelio en Triunfo y gran parte de sus diecisiete novelas cortas. Parece que entre
1797 y
1798 estuvo vinculado a los tratos mantenidos por el venezolano
Francisco de Miranda con el norteamericano
John Quincy Adams, el inglés
William Pitt y el exjesuita peruano
Juan Pablo Viscardo y Guzmán para elaborar un plan destinado a lograr la independencia de Hispanoamérica.
Regreso a España. El novelista
En
1798 regresa a España invitado por
Carlos IV que le
amnistía de todas sus condenas y le concede una pensión. Volvió entonces tras diecisiete años de exilio en Francia, «
con el cuerpo desastrado y el alma reconfortada». Ya tenía escrita una famosísima pseudoautobiografía, en realidad una
novela epistolar,
El evangelio en triunfo o Historia de un filósofo desengañado(
Valencia, Hermanos Orga,
1797, cuatro vols.), que en breve tiempo sumó dieciocho ediciones y fue traducida al inglés, al alemán, al italiano, al portugués y al ruso. En un lapso de casi medio siglo fue uno de los libros más difundidos en Europa y en América y constituyó uno de los mayores éxitos editoriales de la época, si bien la censura le hurtó los cuatro capítulos finales, donde el autor expone su desencanto ante la deriva que había tomado la
Revolución francesa.
Un destino tan triste como inestable, me condujo a Francia, mejor hubiera dicho me arrastró. Yo me hallaba en París el año de 1789; y vi nacer la espantosa revolución que en poco tiempo ha devorado uno de los más hermosos y opulentos reynos de la Europa. Yo fui testigo de sus primeros y trágicos sucesos y viendo que cada día se encrespaban más las pasiones y anunciaban desgracias más funestas , me retiré a un lugar de corta población. Mas ya la discordia, el desorden y las angustias se habían apoderado de los rincones más ocultos (...) Cuanto más pienso en este inesperado suceso de Francia, tanto más me sorprendo y me confundo. Nada podrá anunciar tan repentino y absoluto trastorno. Porque, señores no nos engañemos, esta revolución no ha sido como ninguna de las otras (pues) ataca al mismo tiempo el trono y el altar.
Con la técnica del «manuscrito encontrado» que se da a la imprenta realizó una falsa autobiografía mezclada con una defensa de la religión y en realidad es una mezcla confusa de diversos géneros literarios: la (pseudo) autobiografía, la correspondencia, la polémica filosófico-religiosa, la apologética, la predicación, el catecismo y hasta la suma teológica. Incluso algún resabio decomedie larmoyante o drama lacrimógeno, ya que el tema del duelo (que transforma al filósofo protagonista de El Evangelio en triunfo en homicida, lo que provocará su huida del mundo, y luego su conversión); aunque no es más que la copia casi literal de una «obrita» que «tenía a la mano», no deja sin embargo de recordar el drama escrito por Jovellanos en Sevilla, El delincuente honrado.
Olavide compuso tras tan formidable éxito veinte novelas cortas que publicó en Madrid, en 1800 en su mayor parte, bajo el seudónimo de «Atanasio de Céspedes y Monroy» en la colecciónLecturas útiles y entretenidas de su editor de entonces Doblado, y con otros editores de forma póstuma. Son muchas de ellas adaptaciones de originales franceses: El fruto de la ambición esFélix et Pauline ou le tombeau au pied du Mont-Jura, de Pierre Blanchard; Los peligros de Madrid, Germeuil, de Baculard d'Arnaud; y El amor desinteresado, Ernestine, de Madame de Riccoboni. Estaban destinadas a probar verdades morales y señalar normas de conducta, algunas de ellas ya inclusas en El Evangelio en Triunfo, como los relatos de Mariano y Teodoro. El incógnito o el fruto de la ambición, Paulina o el amor desinteresado, Sabina o los grandes sin disfraz, Marcelo o los peligros de la corte, Lucía o la aldeana virtuosa, Laura o el sol de Sevilla y El estudiante o el fruto de la honradez, en las que se presenta de un lado, el efecto perturbador de las pasiones —el juego, la ambición, los celos, la doblez espiritual, etc.— y de otro lado, la belleza y los atractivos del campo, y el efecto benéfico de los nobles sentimientos: la prudencia, la honradez, la fidelidad, etc. Muchas de ellas fueron compuestas en su retiro de Baeza, donde le sorprendió la muerte en 1803.